Verla en el altar me robó el aliento.
Natalia se veía exquisita. Su vestido blanco, discreto pero ajustado en los lugares correctos, acentuaba sus curvas sin necesidad de exageraciones. No había tela ni joyas que pudieran opacar su belleza natural. Sabía que llamaría la atención de cualquiera en la sala, y eso me llenaba de un malestar que no debería estar ahí. No debería sentirme así. Apenas nos hemos vinculado y ya este malestar se retuerce en mi pecho como un veneno lento. Es absurdo.
Ella y