La nieve comenzó a caer de nuevo, sus copos blancos cubrían lentamente el suelo de mármol del balcón donde se encontraba Anna. Su gran vestido de noche estaba ahora resguardado por la capa de piel que Nikolai le había regalado, pero el aire de San Petersburgo seguía siendo penetrantemente frío, calando hasta los huesos. Anna contempló las puertas de la mansión, observando cómo las luces traseras del último coche desaparecían en la oscuridad del bosque de abetos.
Nikolai salió por las puertas