El aterrizaje en Moscú trajo consigo una atmósfera sumamente diferente a la tranquilidad nevada de Bulgaria. Aquí, el aire se sentía más afilado, calando hasta los huesos, y la grandeza de la mansión de la familia Volkov, erguida con firmeza en las afueras de la ciudad, parecía reafirmar su dominio sobre el suelo ruso. Cuando las puertas dobles de cuatro metros de altura se abrieron, Anna se encontró con una vista capaz de intimidar a cualquiera.
En el vasto vestíbulo principal, con suelos