Esa mañana, la costa de Long Island estaba envuelta en una fina neblina. Un punzante viento otoñal soplaba ferozmente desde el Océano Atlántico, cargado con el aroma de la sal y un frío que calaba hasta los huesos. Nikolai y Anna caminaban uno al lado del otro sobre la arena húmeda, con sus largos abrigos de lana ondeando al viento.
Nikolai dejó de caminar y contempló el horizonte gris. Respiró profundamente, dejando que el aire frío llenara sus pulmones.
—Este viento... —murmuró Nikolai, co