De repente, el hombre dio un paso rápido. Un alumno rezagado, absorto en su teléfono, se acercó a la puerta principal y tiró de ella para entrar. En ese instante fugaz, mientras la pesada puerta de cristal se abría, el hombre del sobretodo gris se deslizó justo detrás del estudiante, aprovechando la oportunidad. Fue un movimiento sutil y calculado, un instinto entrenado para no llamar la atención.
Ramiro sintió un vuelco en el estómago, un frío metálico que le recorrió la espina dorsal. Ya no e