—Despierta, Axel, por favor…
Sus ojos celestes se abrieron de par en par. Una película de sudor cubría todo su cuerpo. El corazón le latía tan fuerte que sentía las palpitaciones en los oídos. No lograba sincronizar su respiración; sentía que se ahogaba con cada bocanada de aire. El dolor en el pecho, justo donde ahora tenía un hueco por donde había entrado la bala, le quemaba.
Unos ojos color sol y una voz dulce eran lo único que lograba recordar de su sueño, o de su pesadilla. No lo tenía muy