Capítulo 30. El cierre del cerco
La ciudad duerme, pero yo no. Nunca lo hace en realidad. Las calles parecen tranquilas desde la terraza, pero sé que debajo de esas luces apagadas se tejen hilos invisibles. Afuera, la noche está clara, inusualmente limpia para esta época, y las estrellas brillan como si fueran testigos curiosos de lo que se mueve en la tierra.
El eco de la gala todavía vibra en mis oídos. Copas, sonrisas falsas, cuchicheos. Y la frase de Alessia, su voz firme clavando respeto en medio de los tiburones: Montene