Kael.
El olor a sangre podrida seguía metido en mis fosas nasales, y ya me empezaba a resultar repugnante. Celeste y yo avanzamos sin perder el tiempo, esquivando los cuerpos de vampiros débiles que habíamos matado durante nuestra caminata.
No había emoción en la pelea contra ellos, estábamos centrados en un objetivo: llegar a la raíz del problema.
—¿Cómo te sientes ahora? —le pregunté, viéndola respirar con pesadez.
—¿A dónde es que vamos? —Se detuvo un segundo.
Tuvo que apoyarse de un pil