Narrador.
La tarde en casa de Luke estaba calmada, como si el viento supiera que debía respetar los procesos delicados de escribir cartas importantes.
El niño estaba sentado en medio de su habitación, rodeado por un ejército de lápices con distintas personalidades: unos afilados, otros mordidos, algunos que sólo servían para dibujar círculos torcidos. Había también tres borradores, uno con cara sonriente dibujada, porque Luke creía que eso “le daba más paciencia al papel”.
Sobre sus piernas re