Narrador.
La noche había caído al fin, y el silencio traía más que descanso: traía memoria.
Celeste estaba sentada en el patio, con los brazos cruzados sobre las rodillas, mirando el horizonte. La luna estaba alta, redonda, serena. Kael salió de la casa unos minutos después, notó el gesto en su rostro, y no dijo nada enseguida. Simplemente se sentó a su lado.
Pasaron unos segundos.
—¿Pensando? —preguntó él.
—Recordando —corrigió ella—. Creo que me estoy poniendo mal por eso.
Kael giró el rostr