Genoveva me despertó antes de que el sol alcanzara su esplendor. Había preparado el baño y traído algo especial para mí. Cuando mis ojos se posaron en mi cama, quedé sin palabras ante la delicada belleza del vestido que descansaba allí.
—¿Qué es esto? —murmuré, casi sin aliento—. Es... espléndido. Tiene los colores perfectos.
Ella rió con suavidad, una melodía baja y cómplice.
—Lo sé, querida. Lo enviaron anoche, de parte del joven William. Es para usted.
—¿Para mí...? —repetí, sin poder ocult