Mi padre terminó de hablar, y los murmullos, como un susurro interminable, se elevaron en el aire pesado de la sala. William se acercó a él, intercambiaron palabras que nunca intenté escuchar; preferí agachar la cabeza, deseando que el suelo me tragara, y evitar cualquier mirada inquisitiva.
—Dame la mano, por favor —pidió una voz familiar, pero quebrada.
Levanté la vista, y ahí estaba él, delante de mí, con una sombra de tristeza en sus ojos, tan honda que parecía arrastrar el mundo entero. Su