23. ¿Está el tío Julián?
El ascensor privado se abrió directamente en el ático. Elena cruzó el umbral y, en cuanto la puerta de seguridad se cerró a su espalda, el mundo exterior, los Wallace, la traición y el deseo, quedó bloqueado. Todo quedó fuera.
Este era su santuario. Un espacio sobrio y cálido, pensado para ser lo opuesto a la opulencia asfixiante de la mansión donde casi la destruyeron. Dejó caer el maletín de cuero sobre la consola como si de pronto pesara demasiado. Sus dedos, firmes durante horas frente a tiburones corporativos, temblaron al desabrochar los botones de la chaqueta gris. Se quitó los tacones y soltó un suspiro bajo cuando la planta de los pies tocó la madera fría.
La armadura de Elena Davis empezaba a agrietarse.
— ¿Mami? — dijo una vocecita desde el pasillo — ¿Ha venido el señor que salvé?
Elena se giró y la tensión abandonó su cuerpo de golpe. La máscara de hielo se derritió sin resistencia frente a su hijo.
— No, cielo. Soy yo.
Liam apareció con su pijama de rayas y el pelo revuel