Los cansados ojos del caballero se posaron en el cuerpo aún dormido de su esposa. Ella yacía ahora en otra posición, con la tarde del domingo avanzando tras la ventana, y ya llevaba más de doce horas en ese estado que, según el médico, era normal por la falta de costumbre o tolerancia al fármaco que, efectivamente, había sido confirmado en la sangre de Melissa. Él no había dormido nada, y sentía que si lo hacía, el tiempo se le escaparía de las manos. Tiempo que apenas lograba sostener mientras