—Yo te amo, Melissa —le indicó, seguro—. Ya conocí del amor, y no sería justo negártelo, pero te puedo asegurar que este amor hacia ti es genuino, es noble, es luminoso, es tuyo. Solo tuyo, colibrí —ella sollozó ante él—. Viví muchas primeras veces con Imane, y tú viviste muchas primeras veces conmigo. No voy a borrar lo que entregué, no puedo, pero sí voy a atesorar lo que me has entregado, lo que ha sido mío.
—No puedo competir con ella.
—Es que no quiero que lo hagas, mi amor. Melissa, tú me