Elevó la mirada al ver a su señora bajar, luciendo elegante y muy corporativa con un traje sastre que le quedaba perfectamente, sobre todo por la vibrante combinación de colores entre el pantalón y la chaqueta. Y aunque ya iba un poco más tarde de lo que habitualmente se permitía, no podía negarse que verla con esos ánimos, esas sonrisas, esa energía que no la había abandonado ni un solo segundo, se estaba volviendo hasta adictivo. Ares Ravage podía tildar a muy pocas cosas en el mundo como una