—Gracias, Ares.
—Eres mi esposa. Mi deber es llenarte de obsequios, hacerte la vida lo más fácil posible.
—Y lo haces —afirmó ella con seguridad—. Y no solo con los obsequios. Este mes ha tenido bajos, pero luego fueron altos, muy altos, y se han sentido perfectos, especiales, únicos. Eso, cada día, me convence más del lugar que ahora tengo: a tu lado —sonrió dulcemente, pero entonces abrió grandes ojos—. ¡Oh, por Dios, no te he dado un solo regalo en todo este tiempo!
Ares negó de inmediat