Él, seguro, y luego de vestirse también, se movió al área de la silla donde había acomodado la chaqueta en su respaldar, y del bolsillo interior sacó un peculiar tarjetero elegante, recubierto en cuero negro, con las iniciales “AR” grabadas incluso.
—Un regalo de Gaspar —señaló él. Ella solo sonrió—. Compra todo, colibrí.
El brinquito que dio la joven cuando las tarjetas se desplegaron al apretar un botón fue encantador. Negó con la cabeza al verlas metálicas y negras. Quizás era un despliegue