Gael respiraba con dificultad mientras se masajeaba las muñecas marcadas por las ataduras. La rabia le hervía por dentro, su propio hermano se había atrevido a encerrarlo como un maldito perro.
Eduardo caminó lentamente por el calabozo, todavía con el arma en la mano.
—Te advertí que Adriano no era alguien en quien pudieras confiar —murmuró con frialdad.
Gael levantó la mirada, furioso.
—Me encerró como a un maldito animal… por ella.
Eduardo soltó una risa baja.
—No. Lo hizo porque cree que pue