Isabella permaneció inmóvil junto a la ventana.
La lluvia comenzaba a caer suavemente sobre los jardines de la mansión Vercelli, golpeando el cristal con insistencia.
Detrás de ella, Adriano descansaba sobre la cama. La fiebre había terminado por vencerlo.
Isabella cruzó los brazos y observó el exterior en silencio. No entendía por qué seguía preocupándose.
No entendía por qué había corrido para ayudarlo cuando se desplomó.
Y tampoco entendía por qué la noticia sobre su padre le oprimía el pech