Al día siguiente, la luz del amanecer se filtraba lentamente por las cortinas pesadas de la habitación. Isabella abrió los ojos con dificultad, aún atrapada entre el sueño y la confusión.
Lo primero que vio la hizo sobresaltarse de inmediato, pues Adriano estaba a su lado, dormido plácidamente, o eso parecía.
Isabella se sentó de golpe en la cama, retrocediendo instintivamente, con el corazón golpeándole el pecho.
—¿Qué…? —susurró, incrédula.
El movimiento fue suficiente para que Adriano abrier