La enorme mansión de Adriano Vercelli se alzaba frente a Isabella como una prisión elegante, una jaula de oro.
Las luces iluminaban cada rincón del lugar, mientras varios hombres armados vigilaban la entrada principal. Luca abrió la puerta del vehículo primero y bajó sin decir una sola palabra.
Adriano rodeó lentamente la camioneta hasta quedar frente a Isabella.
—Vamos, cariño —murmuró con calma.
Ella lo miró con odio antes de bajar.
El aire frío de la noche golpeó su rostro mientras observaba