Mundo ficciónIniciar sesiónLas palabras de Adriano aún flotaban en el aire, mientras tanto, Isabella no pudo responder.
Su respiración se volvió irregular. Su mirada pasó de Adriano… a su padre.
—¿Qué significa esto?
La voz de Eduardo Vercelli cortó el momento. Avanzó un paso, con la mirada fija en su hijo.
—Aléjate de ahí, Adriano.
Los pocos invitados intercambiaron miradas nerviosas.
Adriano giró apenas el rostro hacia su padre, sin prisa, sin respeto.
—Llegas tarde —dijo con calma.
Eduardo apretó la mandíbula
—Esta boda no es tuya. Es de tu hermano Gael
Adriano acomodó lentamente el puño de su camisa. Luego alzó la mirada y lo observó directo a los ojos.
—Ahora sí lo es.
—No juegues conmigo —espetó Eduardo, dando un paso más—. Sabes perfectamente que ese matrimonio es de Gael, tu hermano.
Una leve sonrisa apareció en los labios de Adriano.
—Gael no va a llegar.
Eduardo frunció el ceño.
—¿Qué hiciste?
Adriano no respondió de inmediato. Se limitó a mirarlo, con bastante superioridad.
—Está resolviendo un problema.
—Eres un maldito… —murmuró Eduardo.
Adriano ladeó apenas la cabeza.
—Aprendí del mejor.
Los ojos de Eduardo se endurecieron.
—No te voy a permitir esto.
Adriano soltó una leve exhalación, casi aburrida. Luego dio un paso hacia él, acortando la poca distancia que había.
—Recuerda algo, papá… —Su voz bajó—. Todo lo que tocas… me pertenece.
Adriano inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado.
—Así que hazte a un lado.
—Camina —dijo Adriano mirando hacia el lado donde estaba Isabella.
Isabella tragó saliva, sus piernas temblaron. Aún así nadie dijo nada, nadie se movió, y la boda siguió su curso.
El sacerdote levantó la mirada, visiblemente tenso… pero continuó.
—Si no hay impedimento…
Adriano no apartó la mirada de Isabella ni un segundo.
—Entonces… —hizo una breve pausa— los declaro marido y mujer.
Isabella sintió que el aire le faltaba, que todo se cerraba a su alrededor.
No era un sueño. Era real. Adriano tomó su rostro con calma.
Pero sin dejar opción, se inclinó apenas hacia ella… y rozó sus labios en un beso breve, con sus ojos oscuros clavados en los de ella.
—Desde ahora… —murmuró, solo para ella— me perteneces.
El corazón de Isabella golpeó con fuerza.
—No soy tuya… —susurró, sin fuerza.
Adriano no sonrió, pero su mirada se volvió más intensa.
—Lo eres.
**UNA HORA DESPUÉS…
La puerta de la suite se cerró.
Isabella caminaba en círculos, incapaz de quedarse quieta, sus manos temblaban.
Su mente no dejaba de repetir lo mismo, esto no está pasando.
Esto no puede estar pasando. Aún no entendía por qué su padre no había hecho nada.
—Detente.
La voz de Adriano la hizo frenar.
Él estaba de pie, observándola.
Tranquilo, como si todo estuviera bajo su control.
—No puedo —respondió ella, pasando una mano por su cabello—. No puedo estar aquí, y menos contigo.
Adriano avanzó, y en un solo movimiento, rodeó la cintura de Isabella con firmeza, atrayéndola contra su cuerpo antes de que pudiera reaccionar.
—Será mejor que te calmes cariño —murmuró cerca de su oído—. Esto ya no está en discusión… ahora me perteneces.
Isabella intentó zafarse de inmediato, empujándolo con todas sus fuerzas, forcejeando… pero él no cedió. Al contrario, la acercó más, eliminando cualquier espacio entre ellos, inclinándose hasta dejar sus labios peligrosamente cerca de los de ella.
—Desde ahora me perteneces —susurró con frialdad—. Así que no intentes nada… o el viejo decrépito de tu padre sufrirá las consecuencias… —Él hizo una pausa mínima—. O no… mejor tu querida hermana.
La mandíbula de Isabella se tensó, sus ojos ardieron de rabia.
—No serías capaz…
Adriano la soltó de golpe. La observó con una leve sonrisa… oscura.
—Aún no me conoces.
Sonrió y Simplemente se inclinó… y pegó sus labios a los de ella.
Isabella reaccionó de inmediato, lo empujó con fuerza, respirando agitada.
—No vuelvas a tocarme.
Su voz tembló… pero no por miedo.
Sino por rabia, estaba segura que si tuviera un arma en ese momento ya la hubiera descargado toda sobre el cuerpo de Adriano.
Se giró bruscamente, dándole la espalda.
—No pienso quedarme esta noche contigo —espetó—. Necesito ver a mi padre… Necesito hablar con él.
Una sonrisa apareció en los labios de Adriano.
Isabella no esperó respuesta, y caminó directo hacia la puerta, decidida a buscar explicaciones, no podía seguir más tiempo al lado de Adriano, la asfixiaba.
Pero antes de que pudiera abrirla por completo, Adriano la cerró de golpe.
El sonido sonó en toda la habitación. Isabella se giró, furiosa. Adriano apoyó el brazo sobre la puerta, encerrándola entre la madera y su cuerpo.
—Te dije que no intentes nada Isabella.
Él ni siquiera se detuvo.
—Ahora… me vas a conocer.
Sus pasos fueron firmes mientras avanzaba hacia la habitación contigua de la suite.







