Caín y Abel

Gael se observaba en el espejo con una sonrisa satisfecha.

Ajustó ligeramente su corbata, admirando su reflejo, mientras detrás de él Eduardo Vercelli apoyaba una mano firme sobre su hombro.

—Padre… lo logramos —expresó Gael, sin ocultar su orgullo.

Eduardo sonrió, complacido.

—En efecto —respondió con calma—. La naviera por fin nos pertenecerá… y por supuesto, tú te quedarás con esa muñequita.

Gael sostuvo su propia mirada en el espejo, seguro, convencido, había intentado tantas veces conquistar a Isabella sin llegar a nada.

—Sí.

Acomodó una vez más su traje, impecable, y ambos salieron de la habitación.

Afuera, los autos ya los esperaban. Eduardo subió a uno distinto, Gael, en cambio, caminó hacia el suyo y abrió la puerta del conductor.

—Yo manejo —dijo sin mirar a nadie.

Encendió el motor, el vehículo arrancó con suavidad. No sabía que alguien más… ya había decidido su destino.

A varios kilómetros de distancia dentro de otro auto negro, el ambiente era completamente distinto. Adriano Vercelli permanecía sentado en el asiento trasero, con la mirada fija al frente.

Imperturbable, esperando el momento perfecto.

Acomodó con calma el puño de su camisa, luego la corbata.

—Síganlo —ordenó finalmente, con voz baja.

El conductor asintió de inmediato.

—Sí, señor.

El auto arrancó, y ,minutos después el vehículo de Adriano aceleró, acercándose al de Gael hasta quedar peligrosamente cerca, después se atravesó de golpe 

El sonido de los frenos rechinando rompió el silencio de la carretera.

—¡Demonios! —gruñó Gael, girando el volante con fuerza para evitar el impacto.

El auto se detuvo bruscamente.

El corazón le latía con violencia.

—¿Qué diablos…?

Antes de que pudiera reaccionar, la puerta del otro vehículo se abrió.

Adriano bajó, tranquilo, acomodó su saco, y luego la corbata. Su expresión era completamente fría.

Caminó hacia el auto de Gael sin prisa… pero sin detenerse.

Gael abrió la puerta con brusquedad y salió.

—¿Qué demonios crees que haces, Adriano? —espetó—. ¿Acaso intentas matarme?

Adriano sonrió. Pero no fue una sonrisa amable, fue calculada. Dio dos pasos más hasta quedar frente a él.

—Por supuesto que no —respondió con calma—. Al contrario… solo quiero evitar que cometas el peor error de tu vida.

Gael frunció el ceño confundido, molesto.

—¿De qué hablas?

Adriano no respondió de inmediato. Alzó ligeramente la mano, e hizo un ademán, un simple gesto.

Las puertas del vehículo detrás de él se abrieron. Varios hombres comenzaron a bajar.

Gael retrocedió medio paso, sorprendido.

—¿Qué estás haciendo?

Adriano lo miró fijamente sin emoción.

—Simplemente… tomo el control.

Luego giró apenas el rostro hacia sus hombres.

—Llévenlo a la bodega —Hizo una pausa mínima—. Y procuren que no se lastime.

Los ojos de Gael se abrieron de par en par.

—¿Qué? ¿Te volviste loco?

Los hombres se acercaron sin dudar, y lo sujetaron por los brazos.

—¡Suéltenme! —él forcejeó—. ¡Adriano, ¿qué diablos haces?! ¡Hoy es mi matrimonio!

Adriano se detuvo frente a él.

Lo observó, con calma, y con bastante superioridad.

—Lamentablemente, hermanito… tu boda no se llevará a cabo.

Se inclinó apenas hacia él.

Lo suficiente para que sus palabras pesaran más.

—Hoy se celebrará la mía, mi boda.

Gael dejó de resistirse por un segundo, incrédulo.

—Estás bromeando…

Adriano sonrió de lado.

—No —respondió Adriano. Se enderezó y añadió, con total tranquilidad—. ¿No piensas felicitarme?

—Eres un imbécil, Adriano… me las vas a pagar.

Adriano sonrió apenas, sin molestarse en responder. Cerró la puerta del auto y subió con total calma, como si nada pudiera tocarlo.

A kilómetros de ahí… El vestido se adhería al cuerpo de Isabella Beltrán como una segunda piel.

Estaba hermosa, más que nunca. Pero sus manos temblaban… al igual que su cuerpo.

Solo quería una cosa, salir de ahí.

—Hija, por favor… camina —dijo Josué, con la voz tensa, intentando mantener el control.

Isabella se giró hacia él, mirándolo con incredulidad.

—Papá… él no va a venir —susurró—. ¿Cómo pretendes que siga? Ya pasó media hora.

Josué no respondió. A unos metros, Eduardo Vercelli miró su reloj y luego hizo una leve seña, acababa de recibir un mensaje de uno de sus hombres, su hijo acababa de llegar.

—Empieza —ordenó.

Josué tragó saliva y sujetó el brazo de su hija con más fuerza y la marcha nupcial comenzó a sonar.

—Vamos… camina.

—Papá, no me hagas esto —dijo ella, resistiéndose.

—Camina.

—Vamos, señorita Beltrán 

Una voz detrás de ella, hizo que Isabella se quedara helada… esa voz grave, sus ojos se abrieron lentamente mientras giraba su cuerpo 

Ahí frente a ella estaba Adriano Vercelli, impecable, frío. Mirándola como si ya le perteneciera.

Incluso Eduardo pareció tensarse un segundo. Pero no podía hacer nada, al menos no todavía.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Isabella, sin poder ocultar la confusión.

Adriano dio un paso hacia ella.

—Vamos a casarnos.

El aire se le quedó atrapado en el pecho de Isabella, ¿Cómo Adriano pretendía casarse con ella, cuando ella se casaría con su hermano Gael?, ¿Acaso se había vuelto loco?.

—Pero tú y yo no…

—En eso te equivocas —la interrumpió.

Se acercó lo suficiente para que solo ella lo escuchara.

—Esta noche te casas conmigo…—él hizo una breve pausa. Y añadió, sin cambiar el tono—  O al idiota de tu padre le meto una bala en la cabeza.

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