Gritos

Mientras tanto, en la mansión Vercelli permanecía inusualmente silenciosa.

Con Adriano fuera atendiendo la reunión en las bodegas del centro y Luca acompañándolo, apenas quedaban algunos empleados ocupándose de sus labores, y por supuesto los dos hombres encargados de cuidarla, de cuidar de Isabella.

Leah entreabrió la puerta de la habitación que le habían asignado y asomó la cabeza. Observó el largo pasillo y, al comprobar que no había nadie, sonrió con satisfacción.

—Perfecto... —susurró.

Sa
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