La adrenalina de la gala tardó horas en disiparse de mis venas. Cuando finalmente cruzamos las puertas de la mansión, la madrugada ya estaba cediendo paso a los primeros tonos azulados del alba. El silencio que nos recibió en el inmenso vestíbulo no se parecía en nada al vacío asfixiante de mis primeros días allí; ahora era un silencio cálido, el de un verdadero hogar.
Me dejé caer en uno de los sillones de cuero, soltando un suspiro largo mientras me desabrochaba las tiras de los tacones y los