El destello incesante de las cámaras nos recibió en el instante en que las puertas del coche se abrieron. El aire fresco de la noche se mezcló con el murmullo ensordecedor de los reporteros y la élite financiera que se agolpaba en la entrada del salón de eventos más exclusivo de la ciudad.
Antes, este tipo de atención me habría provocado náuseas. Habría bajado la mirada, encogiéndome bajo el peso del escrutinio público, sabiendo que todos me veían como el trofeo comprado por Adrián Vólkov para