Las siguientes ocho semanas pasaron en un suspiro, como si el universo hubiera decidido pisar el acelerador para llevarnos directo a la línea de meta. A mis treinta y ocho semanas de embarazo, la mansión Vólkov parecía menos una fortaleza impenetrable y más un nido meticulosamente preparado para la llegada del nuevo heredero.
Esa noche de jueves, una tormenta eléctrica azotaba la ciudad con una furia implacable. La lluvia golpeaba los inmensos ventanales del salón principal, pero el interior es