El peso de la realidad me golpeó mucho antes de que me atreviera a abrir los ojos. El aroma inconfundible de Adrián —una mezcla embriagadora de sándalo, madera y el calor de su propia piel— lo impregnaba todo: las pesadas sábanas oscuras, las almohadas y cada rincón de mi memoria.
No había sido un sueño ni producto del agotamiento mental. La noche anterior, el odio, la furia y una necesidad visceral habían colisionado hasta reducir a cenizas la última barrera que nos separaba.
Me removí lenta