Habían pasado tres semanas desde la noche en que el imperio de mentiras se derrumbó bajo nuestros pies. Tres semanas desde que el eco del disparo en el despacho cambió nuestras vidas para siempre.
La mansión, que desde el primer día me había parecido una prisión de cristal gélida y asfixiante, ahora respiraba con una calma inédita. Las sombras que solían acechar en los pasillos se habían disipado, llevándose consigo la constante sensación de peligro.
Caminé descalza por el pasillo de la segunda