El silencio en el apartamento se volvió denso, casi sólido, como si las paredes mismas estuvieran conteniendo la respiración. La burbuja de intimidad que habíamos construido en la mansión parecía haberse fragmentado al entrar en este espacio más pequeño, más real y, por lo tanto, mucho más vulnerable.
Adrián estaba de pie frente al gran ventanal, con la silueta tensa y el teléfono apretado en la mano.
—No abras la puerta a nadie —ordenó sin girarse. Su voz era una advertencia gélida que cortó e