El trayecto de regreso a la mansión fue diametralmente opuesto a la locura del viaje de ida. La ciudad comenzaba a desperezarse bajo la luz pálida del amanecer, ajena a la sangre y la pólvora que habían marcado nuestra noche. Dentro de la camioneta blindada, el silencio ya no era un campo minado; era un refugio.
Adrián conducía con una sola mano en el volante. La otra descansaba sobre el asiento, y sus dedos estaban fuertemente entrelazados con los míos. Su pulgar acariciaba el dorso de mi mano