El trayecto de regreso a la mansión fue, a todas luces, una marcha voluntaria hacia el frente de batalla. Cada paso que daba sobre la grava del inmenso camino de entrada afianzaba la decisión que acababa de tomar. Ya no había espacio para el miedo, ni para la duda, ni mucho menos para la sumisión. Valeria me había hecho un favor sin darse cuenta: al mostrarme la puerta de salida, me había hecho entender por qué necesitaba quedarme.
Al cruzar el umbral de la puerta principal, el ambiente me gol