Capítulo 32: Jaque al rey

El pasillo que conducía al despacho de Adrián me pareció interminable. Mis pies descalzos —había perdido los zapatos en el forcejeo del sótano— no hacían apenas ruido sobre la gruesa alfombra persa. El frío del arma en mis manos era un ancla que me mantenía enfocada, evitando que el pánico me hiciera temblar y delatara mi posición.

A medida que me acercaba, la voz del padre de Adrián se volvió más nítida. Era un sonido repulsivo, cargado de una arrogancia que me revolvía el estómago.

—¿De verda
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