Mundo ficciónIniciar sesiónElla nació en la opulencia. Él emergió del barro. Pero en el juego del deseo, nadie mantiene el control. Amara Vance es ingobernable, caprichosa y adicta al peligro. Acostumbrada a destruir el templo de la estricta disciplina de su millonario padre, encuentra su mayor desafío cuando esta contrata a su nuevo verdugo personal: Magnus Vance. Magnus no es como los anteriores guardaespaldas. Es una mole de asfalto y hostilidad, un exmilitar rudo marcado por las cicatrices de la guerra y un resentimiento profundo hacia la clase social que arruinó a su familia. Para Magnus, ella es una niña rica insufrible a la que debe mantener con vida. Para Amara, él es la obsesión carnal más devastadora que jamás ha experimentado. Lo que comienza como una fría guerra de provocaciones e invasiones de espacio personal se transforma rápidamente en un incendio incontrolable. Tras un violento altercado en un exclusivo club nocturno, el peligro real acecha y ambos terminan confinados en una fortificada y brumosa cabaña en Escocia. Atrapados por una tormenta exterior y una proximidad forzada asfixiante, las líneas de la disciplina militar de Magnus saltan en pedazos ante la insistencia visceral de Amara. En un laberinto donde el odio de clases se confunde con una pasión carnal indomable, los encuentros furtivos dejarán marcas imborrables en la piel y el alma de ambos. Ella no busca protección, quiere ser destruida por el monstruo. Él sabe que poseerla es una traición que puede costarle la vida, pero el magnetismo es absoluto. ¿Podrán sobrevivir al fuego de su mutua perdición o se consumirán por completo antes de que el mundo exterior descubra su secreto?
Leer más**AMARA**
El tacón de mis estiletos de aguja resonó contra el mármol del vestíbulo como una burla silenciosa, el eco perfecto de mi victoria más reciente. Me tomó exactamente tres días que el coronel retirado que mi padre había contratado como mi sombra renunciara, alegando que yo era una criatura ingobernable. Sonreí para mis adentros, deslizando el abrigo de piel de mis hombros, dejando que cayera sobre el brazo del mayordomo sin siquiera mirarlo. El aburrimiento era mi peor enemigo, y la libertad, mi único capricho no negociable. Pero la sonrisa se me congeló en los labios cuando crucé el umbral del salón principal.
Él estaba allí.
No se movió, pero su presencia llenó el espacio de inmediato, absorbiendo la luz de las lámparas de cristal. Era una mole de asfalto y hostilidad vestida con un traje oscuro que parecía contener a duras penas la brutalidad de su cuerpo. Su mandíbula era un trazo de piedra cubierto por una sombra de barba de varios días, y sus ojos, de un gris tormentoso y metálico, me barrieron de arriba abajo con una indiferencia que me caló hasta los huesos. No era el típico exmilitar estirado que mi padre solía reclutar. Este hombre apestaba a calle, a peligro, a noches sin dormir en callejones oscuros y a una violencia contenida que me hizo contraer el vientre con un escalofrío electrizante.
—Amara, por fin te dignas a llegar —la voz de mi padre rompió el trance, impregnada de su habitual tono de censura—. Este es Magnus Vance. Tu nuevo jefe de seguridad. Y te advierto que no es como los otros.
El hombre dio un paso al frente. No se inclinó. No mostró la sumisión servil de la que me alimentaba. Tenía las manos cruzadas a la espalda, los nudillos gruesos y sutilmente marcados por cicatrices viejas.
—Señorita —su voz resonó con una intensidad grave y profunda, similar al retumbar lejano de un trueno en la distancia, pero a la vez áspera, como el roce incesante y lento de dos rocas desgastadas, arrastradas y frotándose sin cesar bajo la inmensidad del agua, creando un sonido gutural y primitivo—. Verdaderamente espero, con la mayor de las seriedades, que todos sus juegos, sus pequeñas distracciones y sus caprichos hayan llegado a su fin. Mi paciencia, debo admitir, es un recurso limitado y no dispongo de ella para soportar los caprichos y los antojos propios de una cuna de oro, de alguien que no conoce las verdaderas dificultades de la vida.
Un calor súbito y violento me encendió la sangre. ¿Desprecio? ¿De un empleado? Nadie me miraba como si fuera un estorbo, nadie se atrevía. Me acerqué a él lentamente, balanceando las caderas con una parsimonia letal, obligándolo a sostener la mirada. El aroma que desprendía me golpeó la nariz: tabaco, lluvia y un almizcle masculino tan puro que me mareó. Detrás de su gélida compostura, detecté la tensión en sus hombros. No era inmune a mí. Nadie lo era.
—¿Caprichos, dice? —susurré, deteniéndome a escasos centímetros de su pecho. El tipo era un gigante; para mirarlo a la cara tuve que inclinar la cabeza hacia atrás—. Me temo que está muy mal informado, señor Vance. Yo no juego. Yo obtengo lo que quiero.
—Entonces nos llevaremos mal, porque mi único deber es mantenerla con vida, no complacer sus rabietas de niña rica —replicó él, sin parpadear, sus ojos fijos en los míos como dos cañones listos para disparar.
Una audacia ciega me poseyó. Alcé las manos despacio, con movimientos felinos, y apoyé las yemas de mis dedos sobre las solapas de su chaqueta de sastre. El tejido era rústico bajo mi tacto, pero el calor que emanaba de su cuerpo era abrasador. Deslicé las palmas hacia arriba, alisando una arruga inexistente cerca de su cuello, desafiándolo con la cercanía, invadiendo ese espacio sagrado donde solo los temerarios se atrevían a entrar. Pude ver el latido frenético de su yugular.
—Tiene la corbata un poco torcida, guapo —provoqué, y mi voz sonó más audaz de lo que pretendía, un desafío apenas velado. Al mismo tiempo, rocé deliberadamente la barbilla con mis nudillos, un gesto estudiado para desviar su atención, una pequeña irreverencia en la tensa atmósfera de su despacho. La tela de mi manga apenas rozó mi piel, pero el impacto de mi comentario, y el gesto que lo acompañaba, fue claro.
El movimiento fue tan rápido que mi cerebro tardó un segundo en procesarlo.
Magnus me apresó las muñecas. Su agarre fue una mordaza de hierro, áspera y despiadada. No me lastimó, pero la presión de sus dedos me inmovilizó por completo, obligándome a bajar los brazos hasta el espacio que nos separaba. Sus manos eran enormes, calientes, capaces de romperme con un solo giro. Se inclinó hacia mí, tanto que su aliento cálido me acarició los labios, el ceño fruncido en una línea de pura furia reprimida.
—Escúchame bien, muñeca de porcelana —mascó, su tono descendiendo a un registro peligroso, áspero como la lija—. Vengo de un lugar donde la gente como tú no sobreviviría ni cinco minutos. No me toques. No me provoques. Porque si juegas con fuego conmigo, no te vas a quemar… te vas a consumir entera. ¿Está claro?
—Eres, en verdad, una persona bastante quisquillosa y detallista. Precisamente, ese tipo de individuos, con su particular manera de ser y de fijarse en cada pequeño aspecto, suelen ser los que terminan cediendo y cayendo más fácilmente. —dije con un notorio brillo de picardía en mis ojos, acompañando mis palabras con una sonrisa sugerente que dejaba entrever mis intenciones.
Me quedé sin aire, el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. El dolor sordo en mis muñecas por su fuerza cruda solo alimentó un fuego nuevo, una fijación oscura que jamás había sentido por nadie. Sus ojos grises estaban encendidos, una tormenta de control a punto de romperse.
Me soltó de golpe, dando un paso atrás y recuperando su postura militar como si nada hubiera pasado. Mis manos temblaron levemente, pero me las llevé a la espalda para que no lo notara. Le sostuve la mirada con una sonrisa altiva, aunque por dentro todo mi mundo se había sacudido.
Este hombre se convertirá en mío, de eso no cabe duda. Haré lo que sea necesario para conseguirlo, incluso si el camino para unirnos implica la destrucción de todo lo que conocemos, incluyéndonos a nosotros mismos. No me detendré ante nada en mi búsqueda por poseer su corazón y su alma.
**MAGNUS**“La cuerda está a punto de romperse, pero esta mocosa se deleita apretando el nudo con sus propias manos”.El sonido del teléfono roto al estrellarse contra la pared todavía resonaba en mis oídos mientras la tenía aprisionada contra la madera del escritorio. Sentir su cuerpo vibrar contra el mío, la respiración agitada rozándome el cuello y las uñas de sus manos clavándose en la nuca con esa fijación enfermiza, me estaba llevando al límite de mi capacidad de control.Estaba exhausto. Furioso. Irritado hasta la médula por su falta de límites y por ese descaro criminal con el que pisoteaba mi autoridad ante la menor oportunidad.—Usted no sabe lo que está pidiendo, Amara —masqué con un hilo de voz espeso, tosco como la lija, apretando la masa de mis hombros para no terminar de romper la madera tras su espalda.—Sé exactamente lo que deseo, salvaje —me dijo con un tono frío y cortante como un bisturí, acercando sus labios a los míos en un roce provocador que encendió mi sangre
**MAGNUS**“Hay momentos en los que necesito el silencio sepulcral de los barracones para no perder la cabeza. Es en esos instantes cuando busco refugio en la soledad, lejos del bullicio constante. Pero Amara Sterling no entiende de pausas ni de espacios personales; su presencia es como una tormenta que nunca cesa, una energía inagotable que parece vivir para asfixiarme, invadiendo cada rincón de mi tranquilidad”.Eran las tres de la mañana cuando crucé el umbral de la biblioteca en Belgravia. Venía molido, con los hombros rígidos por dieciocho horas seguidas de revisar transferencias bancarias y detener el sabotaje de Fráncfort en los muelles de Glasgow. Me serví tres dedos de whisky sin hielo, solté el nudo de mi corbata y me senté tras el escritorio de caoba con la única intención de tener sesenta minutos de paz antes del amanecer.No pasaron ni diez segundos.El roce de la seda contra el suelo anunció su entrada. Amara no traía abrigo ni calzado; vestía solo una camisola negra y a
**AMARA**“Si la ley suiza considera que un simple papel firmado por alguien que ya no está puede arrebatarme a mi hombre y entregárselo a otra mujer, entonces estamos ante una verdadera injusticia”.El beso de Magnus sabía a hierro y a una furia contenida que me encendía la piel. No me amedrentó la ruda opresión con la que me sujetaba las muñecas; al contrario, me pegué más a su envergadura colosal, sintiendo el latido desbocado de su pecho contra el mío. Tenía al gigante de Glasgow acorralado entre su disciplina militar y la demencia carnal que nos sofocaba a los dos.—No voy a permitir que esa muerta de hambre te encadene a una firma, salvaje —ronroneé contra sus labios hinchados, soltándome de su agarre con un movimiento felino para arrebatarle el expediente suizo de la caoba.—Vuelva a poner eso en la mesa, Sterling —mascó Magnus, su voz saliendo tosca como la lija, un trueno cavernoso que retumbó en la biblioteca—. Si destruye el documento físico, la copia digital en el registro
**MAGNUS**“Hay mujeres que se dejan guiar y hay fieras que te devoran la mano si intentas ponerles un bozal. Amara Sterling nació para arder y arrastrarme con ella”.La tormenta de nieve afuera se había calmado, pero la penumbra de la biblioteca seguía pesada, sofocante. Amara dormía profundamente sobre el sofá de cuero, envuelta en mi abrigo oscuro, con una mano aferrada a la solapa de mi camisa incluso durante el sueño. Su presencia era un veneno dulce. Una posesividad enfermiza que la llevaba a clavarme las uñas a la menor amenaza y a romper cualquier protocolo corporativo con una sonrisa picara.Era imposible de gobernar. Y lo peor de todo es que a mi lado oscuro le fascinaba esa demencia.Me zafé de su agarre con una parsimonia rústica, evitando despertarla, y me acerqué al escritorio donde el asistente legal había dejado el expediente original traído desde el registro financiero de Ginebra. Encendí la lámpara de latón y deslicé las páginas sobre la caoba.El problema con Nubia





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