El descenso hacia las bodegas fue un torbellino de golpes, empujones y una oscuridad asfixiante. Mis rodillas chocaron contra los escalones de piedra más de una vez mientras el guardia me arrastraba sin piedad, ignorando mis gritos y mis intentos desesperados por liberarme. La imagen de Adrián en el suelo, con el rostro ensangrentado bajo la bota de su propio padre, se repetía en mi mente como una cinta de terror interminable.
Finalmente, llegamos al fondo. El hombre me empujó con una fuerza br