El estruendo de los disparos rebotaba contra las pesadas paredes de metal del inmenso almacén, convirtiéndose en un eco ensordecedor que me taladraba los oídos. Acuclillada detrás de los fríos contenedores de acero, me abracé a mis propias rodillas, cerrando los ojos con tal fuerza que me dolían. Cada detonación era un latigazo en mis nervios, una agonía interminable donde la única imagen que cruzaba mi mente era la de Adrián adentrándose en aquella oscuridad letal para protegerme.
«Vuelvo por