Mundo ficciónIniciar sesiónValentina De Luca juró no volver a enamorarse de Adrián Rossi. No después de la forma en que él la rechazó. No después de pasar dos años en el extranjero intentando arrancarse de la piel al hombre que había marcado cada parte de su juventud. El hombre al que llamaba “tío Adrián” desde niña. El mismo que siempre la miró con demasiada intensidad… y aun así decidió mantenerse lejos. Pero regresar a casa fue un error. Porque Adrián ya no es el hombre que ella dejó atrás. Ahora es el rostro más poderoso del imperio De Luca. El hombre que levantó desde cero una de las divisiones más importantes de la empresa familiar. Frío, dominante y peligrosamente controlado. Un hombre acostumbrado a que todos obedezcan cuando habla. Todos excepto ella. Y entonces Valentina lo ve. En la entrada de una elegante casa que nunca había visitado, bajo la lluvia, con un niño en brazos… y una hermosa mujer rubia a su lado. Ese fue el momento exacto en que entendió que Adrián jamás la había amado. O al menos eso creyó. Porque horas después, él aparece empapado en la mansión De Luca, dispuesto a destruir años de silencio con una sola confesión: —Si te tocaba entonces, Valentina… no habría vuelta atrás para ninguno de los dos. Ahora ella deberá decidir si odiarlo es suficiente… o si está dispuesta a incendiar a toda su familia por el único hombre que nunca debió desear.
Leer másPunto de Vista de Valentina
365 días.
Un año completo lejos de Italia.
Dos inviernos en París.
Decenas de hombres intentando besarme.
Y ni uno solo logró arrancarme a Adrián Rossi de la piel.
Observé las luces de Milán desde la ventana del vehículo mientras la lluvia golpeaba suavemente el cristal. El chofer hablaba por teléfono en voz baja, dándome privacidad.
Privacidad.
Qué palabra tan absurda.
Porque incluso después de dos años lejos de casa, Adrián seguía invadiéndolo todo.
Su voz.
Sus manos.
Su maldito autocontrol.
Todavía recordaba la última vez que lo vi antes de marcharme. Él estaba de pie frente a la mansión De Luca, impecable dentro de un traje negro, mirándome con esa frialdad devastadora que solo él sabía usar conmigo.
—Eres demasiado joven para confundir admiración con amor, Valentina.
La humillación todavía me quemaba el pecho.
Apreté los dedos sobre mi abrigo, intentando empujar el recuerdo fuera de mi cabeza.
Había odiado a Adrián Rossi cada día desde entonces.
Y lo peor era que jamás había dejado de amarlo.
—¿Directo a la mansión, signorina? —preguntó el conductor.
Tardé varios segundos en responder.
Porque no.
No quería llegar todavía.
No estaba preparada para verlo.
Ni siquiera sabía si seguía viviendo cerca de la familia o si finalmente había construido una vida lejos de nosotros.
Levanté lentamente la mirada.
—No. Antes iremos a otra dirección.
Le entregué la ubicación que llevaba guardada en mi teléfono desde hacía semanas.
La antigua casa de Elena Rossi.
La madre de Adrián.
Pensé demasiadas veces en casa de aquella mujer mientras estaba en París. Elena siempre había sido dulce conmigo. Maternal. Cálida.
Todo lo que la mansión De Luca dejó de ser después de la muerte de mi madre.
Tal vez visitarla primero era un error.
Pero necesitaba hacerlo.
Necesitaba comprobar que Adrián ya no podía afectarme.
Veinte minutos después, el automóvil se detuvo frente a una enorme residencia moderna ubicada en una de las zonas más exclusivas de Milán.
Fruncí ligeramente el ceño.
Aquella no era la antigua casa de Elena.
La propiedad era enorme.
Minimalista.
Elegante.
Obscenamente lujosa.
Y entonces entendí.
Adrián.
Él había comprado aquello.
Una presión incómoda se instaló en mi pecho.
Porque mientras yo intentaba sobrevivir al recuerdo de él… Adrián Rossi había seguido avanzando.
—¿Desea que espere, signorina? —preguntó el chofer mientras abría la puerta.
—No será necesario.
Mentí.
La lluvia fina humedeció mi cabello apenas bajé del vehículo. El frío de noviembre golpeó mis piernas desnudas bajo la falda negra.
Respiré profundo antes de acercarme a la entrada.
Y justo cuando iba a tocar el timbre… La puerta se abrió.
Una mujer rubia apareció frente a mí.
Hermosa.
Alta.
Perfectamente arreglada incluso usando ropa casual.
Y llevaba un bebé en brazos.
El mundo se detuvo.
La mujer sonrió con naturalidad.
—¿Valentina De Luca?
Parpadeé, confundida.
Ella me conocía.
—Sí…
—Oh, Dios, Adrián tenía razón —rio suavemente—. Eres incluso más hermosa de lo que imaginaba.
La náusea me golpeó antes incluso de entender por qué aquella frase me dolía tanto.
Claro que sabía quién era yo.
¿Por qué no lo haría?
Yo era la sobrina de Adrián.
La hija de Alessandro De Luca.
La niña consentida de la familia.
La mujer acomodó ligeramente al bebé entre sus brazos.
—Soy Camille.
Y entonces sentí que el suelo desaparecía debajo de mis pies.
Camille.
La prometida de Adrián.
Mis ojos bajaron automáticamente hacia el niño dormido sobre su pecho.
Tenía ojos oscuros. Oscuros como los de Adrián.
La náusea fue inmediata.
—Yo… —intenté hablar, pero el nudo en mi garganta era grueso—. Vine sin avisar y… No… No es correcto que…
Camille sonrió con demasiada tranquilidad.
—Para nada. Adrián va a volverse loco cuando vea que regresaste. Tu padre habla de ti todo el tiempo y Elena no deja de mostrar fotos tuyas.
Cada palabra era una cuchilla.
Porque significaba que Adrián escuchaba sobre mí.
Pensaba en mí.
Sabía de mi vida.
Y aun así nunca me buscó.
Nunca llamó.
Nunca lo intentó.
Pero antes de que pudiera responder, una presencia masculina apareció detrás de ella.
Y entonces lo vi.
Adrián Rossi.
El tiempo había sido obscenamente cruel con él.
Porque ya no quedaba nada del hombre joven que dejé atrás.
Ahora era otra cosa.
Más grande.
Más frío.
Más peligroso.
Más atractivo.
El traje oscuro abrazaba sus hombros anchos con perfección. Su mandíbula estaba más marcada, su mirada más dura y esos ojos grises…
Dios.
Seguían destruyéndome igual que antes.
El bebé comenzó a llorar.
Pero nadie se movió.
Ni él.
Ni yo.
El silencio entre nosotros fue brutal.
Noté la manera en que Adrián tensó ligeramente la mandíbula mientras sus ojos recorrían mi rostro lentamente.
Mi boca.
Mi cuello.
Mis piernas.
Y después regresaban a mis ojos con una intensidad que me hizo doler el pecho.
—Valentina…
Mi nombre salió de su boca ronco.
Peligroso.
Retrocedí inmediatamente.
La vergüenza y la rabia me subieron por todo el cuerpo como fuego.
Claro que tenía una familia.
Claro que había seguido adelante.
¿Y por qué no lo haría?
La única idiota había sido yo.
Yo fui quien se quedó atrapada en algo que nunca existió.
—Disculpen la molestia.
Giré sobre mis talones y comencé a caminar rápidamente bajo la lluvia.
—¡Valentina!
La voz de Adrián retumbó detrás de mí.
Pero seguí caminando.
No iba a llorar frente a él.
No otra vez.
Escuché sus pasos acercándose.
Firmes y rápidos como siempre y segundos después sentí su mano sujetándome el brazo.
El contacto hizo que todo dentro de mí colapsara.
Adrián me obligó a girarme lentamente y lo sentí demasiado cerca.
Su perfume seguía siendo el mismo, una mezcla de madera, lluvia y peligro.
—¡Suéltame! —le exigí con furia. Pero él no lo hizo.
Sus ojos descendieron lentamente por mi rostro como si estuviera comprobando que realmente había vuelto.
—Volviste.
Esa simple palabra hizo que la rabia explotara dentro de mí.
—¿Eso es todo lo que vas a decirme después de dos años?
Adrián endureció la mandíbula.
—No deberías haber venido aquí. No debiste regresar, nadie aquí te extraña.
Sentí el golpe directamente en el pecho.
Pero me obligué a sonreír, aunque era una sonrisa amarga y dolida.
—Créeme, ya me di cuenta.
Sus ojos se oscurecieron inmediatamente.
—Tengo todo lo que siempre quise —escupió con arrogancia y soltó esa sonrisa altanera que solo usaba cuando despreciaba a alguien.
Miré hacia la casa, hacia la mujer, hacia el bebé y sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.
—Claro que sí, Adrian, siempre obtienes lo que quieres, sin importar que.
Adrián pasó una mano por su cabello mojado, perdiendo por primera vez algo de compostura.
—Valentina…
—¿Vas a presentarme a tu familia? —pregunté con crueldad—. ¿O eso también pensabas ocultarlo, tío?
Solté aquella palabra con intención, porque sabía cuánto la odiaba.
Y por primera vez desde que lo conocía, Adrián pareció quedarse sin palabras.
Eso me destruyó todavía más, porque el silencio también era una respuesta y finalmente me aparté bruscamente de él.
—Espero que seas feliz, tío Adrián.
El cambio en su rostro fue inmediato.
Oscuro.
Violento.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca otra vez. Apretando más, hundiéndose en mi piel.
Y cuando habló, su voz salió baja.
Peligrosa.
—No me llames tío.
Mi corazón dejó de latir.
Porque nunca antes…
Jamás en toda mi vida…
Adrián me había pedido eso.
Punto de vista de Camille.—¿Otra vez se va, señora Camille? —La niñera intentó sonar respetuosa.Pero yo apenas levanté la mirada.—Sí.—Leo necesita pasar más tiempo con usted, creo que…—Tiene niñera, ¿no?La mujer pareció ofendida.Perfecto, porque en verdad empezaba a cansarme de todo aquello.De los horarios, de los llantos del mocoso, de las aburridas responsabilidades de ser mamá, de aparentar que amaba ser mamá. Pero definitivamente yo no nací para cuidar niños. Nací para algo mucho más importante, para estar arriba, para ocupar el lugar que me correspondía.La señora Rossi.La futura reina de aquel imperio y para eso necesitaba tiempo, dinero, presencia.No pañales.Así que tomé mi bolso dispuesta a buscar lo que me merecía.—Volveré cuando pueda.Y me marché.Una vez más.Punto de vista de Valentina.Luego de regresar de ese viaje de trabajo, me aleje aún más de Adrian, mis sentimientos se volvieron más que impredecibles, estaba más contrariada que nunca, sobre todo cuando
Punto de vista de Valentina.Thiago me llevó lejos de la ciudad. Lejos de las enormes oficinas de De Luca Group.Pero sobre todo, me llevo lejos de Adrián y lejos de mis pensamientos, aunque él no lo sabía.La motocicleta avanzó por una carretera rodeada de árboles mientras el viento golpeaba mi rostro y por primera vez en semanas sentí que podía respirar sin que alguien me estuviera observando.Cuando finalmente nos detuvimos, reconocí el lugar de inmediato.El parque de diversiones.Nuestro lugar de escapadas cuando no queríamos ir al colegio.O más bien, el parque de diversiones abandonado que habíamos adoptado cuando éramos adolescentes y creíamos que el mundo era demasiado pequeño para nosotros.Solté una carcajada.—No puede ser, Thiago, esto es…Thiago sonrió.—Sabía que la recordarías.Bajé de la moto y observé el lago que se extendía frente a nosotros. Todo seguía igual.El muelle, los árboles, los colores un poco más opacos, pero allí estaban, el tiempo había hecho lo suyo c
Punto de vista de Adrian.No dormí. Ni una sola maldita hora. No podía. No quería.Después de salir de la habitación de Valentina caminé por la mansión durante quién sabe cuánto tiempo, incapaz de regresar a mi dormitorio, incapaz de pensar en algo que no fuera ella. Pero también incapaz de ver al pequeño Leo y la traición que su padre le estaba dando.Pero es que en mi cabeza solo quedaba su voz, sus lágrimas, su boca, su sabor.Aquella última mirada antes de pedirme que me fuera.Merezco algo mejor que esconderme. La frase seguía golpeándome una y otra vez, porque tenía razón.Maldita fuera, tenía razón.Terminé sentado en la sala principal con un vaso de whisky entre los dedos mientras observaba la lluvia golpeando los ventanales. ¿Acaso la lluvia no pensaba ceder igual que mis sentimientos por Valentina?Eran casi las cuatro de la madrugada cuando escuché la puerta principal y levanté la mirada.Camille.Entró quitándose los tacones con elegancia, como si regresar a casa a esa hor
Punto de vista de Adrian.—Explícate —era consciente que durante un tiempo la ignoré, porque estaba luchando contra mi mismo y la cordura de no defraudar a mi hermano Alessandro, pero no tenía idea de que había sucedido algo en la universidad.Ella bajó la mirada apenas un segundo, como si volver allí todavía le costará y bufó, sus hombros cayeron y yo me acerqué un paso.—Un compañero empezó a perseguirme —fruncí el ceño y mi respiración se alteró.—¿Qué?—Me negué a salir con él —mi estómago se tensó—. En más de una ocasión, Adrian. Y después apareció un video.La sangre abandonó mi rostro.—¿Qué video? —me acerqué un poco más, intenté estirar mi mano, para que levantará su mirada, pero no quería detenerla.—Uno falso —su voz tembló—. No eran más que montajes. Fotografías. Rumores.Cada palabra fue un golpe. Yo la deje sola, peleando con todo eso.—Todos hablaban de mí, Adrian.—Valentina...—Todos —lloró y empezó a levantar la voz.La rabia comenzó a crecer dentro de mi pecho, oscu





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