Horas más tarde, Natalia irrumpió en la habitación con el corazón golpeándole las costillas. El lugar olía a humedad y metal oxidado. La luz temblaba, parpadeando sobre el rostro del hombre atado a una silla de madera en el centro del cuarto.
Su sonrisa, fría y triunfal, fue lo primero que él vio.
—No me lo puedo creer… —murmuró despacio, saboreando cada palabra—. Que tú también te hayas unido a esta traición.
El sujeto, un miembro de la familia Farretique, levantó la mirada con desprecio.
—¿