Llamamos otro taxi hasta la casa de mi madre, y ninguno de los dos habla durante el trayecto. Creo que ambos estamos nerviosos por el encuentro, pero ninguno sabe cómo tranquilizar al otro. Quisiera decirle que todo saldrá perfecto, pero no hay manera de saber cómo resultará una conversación así.
Nos dejan frente a la casa, y nos toma un momento reunir valor para dar el primer paso.
—¿Qué harás si me odia? —pregunta él, con la expresión inexpresiva pese a la tensión en su voz.
—Nada, no tiene q