Natalia se mantuvo erguida, rígida como una estatua, hasta que los pasos de Alessandro se perdieron en el silencio. Solo entonces cerró la puerta con mano temblorosa y dejó que su cuerpo se deslizara lentamente por ella, hasta quedar sentada en el suelo.
Abrazó sus rodillas contra el pecho, hundiendo el rostro entre ellas mientras las lágrimas, esas que había contenido con tanto esfuerzo, por fin rompían su represa. Su llanto fue silencioso, dolido, como si temiera que hasta las paredes pudiera