Natalia despertó con la sensación de haber pasado por un torbellino. Parpadeó, la luz blanca del hospital le dolió un instante y luego fue consciente del olor a desinfectante y del latido monótono de la máquina junto a la cama. Cuando alzó la cabeza, vio a Alessandro inclinado sobre ella, su figura recortada contra la puerta.
—Hola, principessa —musitó él, intentando una sonrisa que le tembló en los labios.
Ella permaneció en silencio unos segundos, como si necesitara ordenarse por dentro. Una