Alessandro se pasó los dedos por el mentón, notas de barba incipiente rozando la palma. Sus ojos—oscuro acero—no mostraron reacción alguna; su rostro permaneció inmutable, como tallado en piedra.
—¿Así que te vengaste por amor? —preguntó él, la ironía bien afilada en cada sílaba.
Anabella alzó la barbilla con arrogancia. Un gesto teatral, aprendido para que nadie dudara de su convicción.
—Sí, lo maté. Ese malnacido no podía seguir vivo. —Bebió un sorbo de su copa, humedeció los labios y, con un