Alessandro se marchó de la habitación de Natalia una vez que el fuego de la pasión se difuminó. Cerró la puerta despacio, como si temiera despertar lo que había dejado atrás. Sus pasos lo llevaron hasta su despacho, donde se dejó caer en la butaca de cuero, con las manos hundidas en el cabello y el pecho aún agitado.
Sabía que estaba cometiendo una canallada, pero si se quedaba a su lado la tomaría de nuevo, una y otra vez. El hambre por ella no había disminuido en lo absoluto; al contrario, ca