—¡Yo no te he traicionado, tienes que creerme! —exclamó Natalia con la voz quebrada, los ojos húmedos y el corazón palpitándole en la garganta. Le dolía hasta los huesos que Alessandro pensara eso de ella, porque jamás en la vida se atrevería a hacer algo en su contra.
Él la soltó con rabia, como si quemara.
—Solo de ti pudo haber salido esa maldita información de que nuestro matrimonio era falso. —Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo con frustración, los labios tensos en una mueca de