El ático de la Quinta Avenida olía a victoria, a sangre purificada por el champán más caro del mundo y al perfume de una mujer que acababa de descubrir que el sadismo era su herencia más valiosa. Nueva York, desde el piso sesenta y tres, parecía una maqueta de cristal diseñada para nuestro recreo. Ya no había rastro del Lobo Blanco, ni del Zar Sokolov, ni de la sombra de Arthur Moretti. Las alfombras habían sido reemplazadas, el ventanal blindado brillaba de nuevo y el silencio era tan absoluto