El olor a gardenias y a pólvora se mezclaba en el aire estancado de la mansión de Long Island, creando un perfume embriagador que olía a muerte inminente. El Zar Sokolov, en su arrogancia infinita, estaba celebrando su supuesta victoria sobre el diablo de Grecia, ignorando que el infierno acababa de mudarse a su sótano. Nos habíamos filtrado a través de los viejos túneles de contrabando de Arthur, moviéndonos en la oscuridad como fantasmas sedientos de sangre. Mavros caminaba a mi lado, todavía