La casa de seguridad en las montañas de Catskill no era una mansión; era una fortaleza de piedra y hormigón incrustada en la falda de un acantilado, rodeada de pinos que parecían lanzas negras contra el cielo nublado de Nueva York. El aire aquí era diferente al de Manhattan: era un frío seco y hostil que te obligaba a mantener los sentidos alerta. Habíamos llegado bajo el manto de la madrugada, en una caravana de todoterrenos que evitaba las autopistas principales. Mavros estaba en el asiento t