El estruendo de la explosión en la popa del Mavros II no fue solo un sonido; fue una onda expansiva que me sacudió los huesos y me lanzó contra el mamparo de acero del búnker. El humo, denso y con sabor a plástico quemado, inundó el espacio reducido en cuestión de segundos. A través de la neblina roja de las luces de emergencia, vi cómo la puerta reforzada cedía bajo el calor de las cargas térmicas de los rusos. Spiros estaba en posición, con su subfusil escupiendo fuego hacia la brecha, pero y