La mansión Kyriakos se había convertido en un búnker de mármol y silencio. A una semana del nacimiento de Leonidas, el mundo exterior había dejado de existir para mí, filtrado por las órdenes de Mavros y las patrullas constantes de Spiros. Mi vida se reducía a las cuatro paredes de la suite real, al aroma a leche y lavanda del bebé, y a la presencia constante, casi asfixiante, de mi marido. Mavros no dormía; se limitaba a dormitar en un sillón junto a la cuna, con la mano siempre cerca de su ar